SE LE ACERCÓ UN LEPROSO Y LE SUPLICÓ DE RODILLAS: SI QUIERES, PUEDES LIMPIARME. JESÚS, COMPADECIDO, EXTENDIÓ LA MANO, LO TOCÓ Y LE DIJO: QUIERO, QUEDA LIMPIO. (MC 1, 40-41)

“La otra noche, un hombre que se llama Pedro me llevó a un lugar transfigurado. Perico, como es conocido en el barrio, vive solo desde que murió su madre, y desde hace años (debe tener unos cincuenta) se ha dejado devorar la vida por el alcohol. Lo encontré descalzo por la calle y bebido; aun así, se acercó a mí con respeto, me contó que se había quedado dormido con un cigarrillo en la boca y que se le habían quemado unas mantas, y me invitó a su casa para que lo viera. Confieso que al principio sentí miedo, pero luego agradecí el no haberme dejado paralizar por él. Me mostró su pequeña casa, desatendida desde que su madre no está, sucia y con olor a vino a restos de comida; luego me llevó a otra estancia, y allí fue donde se hizo la luz: tenía cuatro colchones tirados por el suelo y me contó que en ellos acoge cada día a chicos toxicómanos que no tienen adónde ir, y les deja dormir allí, ducharse y lavar su ropa.

El rostro de Perico se iluminó en aquellos instantes para mí. El borracho de nuestro barrio había hecho de su casa un lugar donde otra gente muy herida podía «poner su tienda», descansar un rato, comer algo y compartir un poco de compañía y calor. Allí recibí el regalo de este hombre que, en su fragilidad y en su enfermedad, tenía para otros una mirada que los salvaba. Así de inesperados son los misterios de la vida y del corazón humano. ¡Quien nos diera ojos para llegar a verlos…!”


TEXTO DE MARIOLA LÓPEZ EN, MIRAR POR OTROS. HISTORIAS DE SABIDURÍA Y SANACIÓN, SAL TERRAE, SANTANDER 2009, 152.